Eran las primeras horas de una mañana de aquel invierno recalentado que auguraba un verano de sequía pertinaz, aquellas oficinas lucían como todas las tristes oficinas del globalizado mundo de principios de siglo. Sobre las pálidas paredes colgaban calendarios, del corriente y del pasado, junto a, los cada vez más frecuentes, eslóganes corporativos con los que la empresa quería dar una imagen de modernidad que sus empleados contemplaban con cierto desdén. Por el suelo los restos de la jornada anterior, esperando que los servicios de limpieza express (200 m2 por hora) dejaran la oficina presentable para el nuevo día, convivían con un surtido de muebles dignos de hacerse un hueco en la semana del mueble de cualquier exposición del ramo. Las mesas, de grandes dimensiones, eran el más fiel reflejo de sus propietarios: unas vacías, otras repletas de papeles en perfecto orden o las que convertían la teoría del caos en palpable realidad. Un largo pasillo vertebraba las instalaciones dejando, a un lado y otro, los diferentes habitáculos cuyos umbrales no era necesario traspasar para poder determinar el lugar del escalafón que ocupaban sus habitantes: coches cama individuales con puerta y cortinillas en sus paredes de cristal o departamentos de literas para cuatro o cinco viajeros. Cuando el personal de limpieza llegó, nada les hacía presagiar que aquella mañana no iba a ser como las demás.
Fueron recorriendo los despachos siguiendo el monocorde ritual de cada día: abriendo ventanas, vaciando papeleras, limpiando el polvo e intentando poner algo de orden en aquella barahúnda de papeles que cubrían las mesas de los más desordenados.
Al llegar al vagón de tercera, grandilocuentemente conocido con servicio de contabilidad, se lo encontraron. Con la cabeza apoyada sobre la mesa, Manuel parecía dormido como tantas otras veces. Un insomnio caprichoso lo hacía, desde hace años, dirigirse a su trabajo antes que los demás. No era raro que las seis de la mañana lo encontraran en su puesto de trabajo. Leía los periódicos, si ese día el repartidor era más madrugador que él, y en muchas ocasiones el sueño le vencía.
Aquella mañana las limpiadoras sonrieron al comprobar que el ruido del aspirador no lo había sobresaltado como de costumbre. Una de las pocas emociones que el día les deparaba, era observar la cara de susto con que aquel hombre salía de los brazos de Morfeo y si, esta vez, la profundidad del sueño había llegado al nivel de placidez que demostraban las manchas de saliva en la manga de su chaqueta. No hubo nada de eso.
Las mujeres se empezaron a preocupar cuando su proximidad no lograba, en lo más mínimo, alterarlo. Una de ellas carraspeó, le deseó buenos días, le palmeó el hombro pero no ocurría nada, los prudentes intentos se convirtieron en zarandeo pero el resultado fue el mismo. Mirándose agitadas, comprendieron que estaba muerto.
Cuarenta años en la empresa lo habían convertido en el aburrido ejemplo de empleado que ya no tiene nada que demostrar. Su vida laboral, de prometedores e ilusionados comienzos, se fue desacelerando al mismo ritmo que la empresa crecía. Lo que era una familia se convirtió en una maquinaria con grandes cifras de negocio, inversiones en el extranjero y muchos empleados, demasiados como para que, como entonces, alguien supiese sus nombres. Muchos de éstos correspondían a personas que padecían, como suyos, los reveses que el mercado de valores infligía a los propietarios. Cada vez que los medios de comunicación aplaudían la compra de una nueva empresa, una gran inversión o la apertura de nuevos oficinas aquí o allá, se alegraban como un éxito propio, sin darse cuenta que ese crecimiento los fagocitaba, convirtiéndolos en la infantería necesaria para ganar la guerra del mercado.
La empresa lo vio enamorarse, hacer el servicio militar, casarse con María y esperar, y esperar, la bendición de su primer hijo. Cuando la aceleración vital se modera y los días hay que disfrutarlos como vienen, sin aditivos, la monotonía le fue ganando el terreno. Las semanas las perdía siempre por cinco a dos, los meses los consumía esperando el pitido final y la derrota anual, once a uno, era aún más severa; poco bagaje para una vida.
Tras un no saber qué hacer y una llamada al teléfono de emergencia, la espera concluyó con la certificación, por el médico de guardia, del fatal desenlace. Mientras, el resto de los empleados, llegaban a la oficina para comprobar como otro aburrido día de trabajo se convertía en una negra anécdota en su vida laboral. Uno de los más veteranos, compañero de juventud de Manual, se encargaba de darle la luctuosa noticia a su viuda.
Un comentario recurrente hacía referencia a la buena salud de la que disfrutaba Manuel. Uno de sus más íntimos, incrédulo, argumentaba los envidiables resultados de su última revisión médica, para no explicarse lo sucedido. Sólo el espontáneo comentario de una de las más jóvenes secretarias, con contrato temporal y en la flor de la vida, rompió la letanía de elogios que se vertían sobre el difunto: ¡Se murió de aburrimiento!, afirmó.
Días más tarde, el resultado de la autopsia dictaminó muerte natural.