Al fondo a la derecha

 

No sé si será la edad pero cuando uno se mea, se mea. ¿Qué os parece ir a mear y tener que resolver un sudoku para saber cuál es el aseo de hombre y cual el de mujeres?

El otro día tras una copiosa cena con mi familia y por no molestar, aguante las ganas de miccionar hasta el límite de lo legalmente permitido. De pronto, en un acto de valentía, los dejé con la palabra en la boca y me tuve que ir, a toda prisa, en busca de los lavabos.¿Al fondo a la derecha? No, ya no están ahí. Tras buscar la puerta de acceso, totalmente camuflado entre el decorado minimalista del local, me encuentro en la antesala, el lugar de las decisiones. Dama o caballero. ¿Y que me encuentro en la puerta?. Unos pictogramas, a mi juicio, indescifrables.

Hace unos años estaba claro. Hombres y mujeres. Era claro pero poco moderno y podía, sin duda, atacar la conciencia y los derechos de alguna minoría. ¿Que hicimos entonces? Pues unos dibujitos de bigotes, bastones, pipas, faldas, sombreros que complicaban un poco nuestra existencia, si bien, facilitaban la visita a los niños y a los iletrados. Más tarde, nos dio por hacer gala de nuestro hecho diferenciador poniendo Homes y Muyeres en la puerta de los servicios. Con lo cual volvíamos al principio pero de una forma, digamos, más pintoresca. No contentos con eso y a fuerza de ser cultos decidimos que lo suyo eran los dibujos de personajes, más o menos, conocidos de la literatura universal. Un quijote y una Dulcinea. Un Romeo y una Julieta … Llegó el momento del «nosotras parimos, nosotras decidimos». Y la flecha y la cruz nos hicieron tener que reflexionar sobre connotaciones fálico vaginales, que no acabamos de entender hasta que Dan Brown llevó al gran Da Vinci a la pantalla.

Volvemos al restaurante y las ganas de mear. Tras un análisis exhaustivo de aquella simbología y después de consultar el Google de mi Smartphone, llegué a la conclusión que el pito-pito-gorgorito o la moneda al aire eran el camino más corto hacia la liberación de esfínteres. Al final en un acto de valentía sin parangón, me decidí por abrir una de las puertas y comprobando aliviado el urinario vertical propio de mi sexo. Pero para entonces, ya era tarde, me había meado encima. Que se le va a hacer. La prostatitis no perdona.

Cinco a dos

 

Eran las primeras horas de una mañana de aquel invierno recalentado que auguraba un verano de sequía pertinaz, aquellas oficinas lucían como todas las tristes oficinas del globalizado mundo de principios de siglo. Sobre las pálidas paredes colgaban calendarios, del corriente y del pasado, junto a, los cada vez más frecuentes,  eslóganes corporativos con los que la empresa quería dar una imagen de modernidad que sus empleados contemplaban con cierto desdén. Por el suelo los restos de la jornada anterior, esperando que los servicios de limpieza express (200 m2 por hora) dejaran la oficina presentable para el nuevo día, convivían con un surtido de muebles dignos de hacerse un hueco en la semana del mueble de cualquier exposición del ramo. Las mesas, de grandes dimensiones, eran el más fiel reflejo de sus propietarios: unas vacías, otras repletas de papeles en perfecto orden o las que convertían la teoría del caos en palpable realidad. Un largo pasillo vertebraba las instalaciones dejando, a un lado y  otro, los diferentes habitáculos cuyos umbrales no era necesario traspasar para poder determinar el lugar del escalafón que ocupaban sus habitantes: coches cama individuales con puerta y cortinillas en sus paredes de cristal o departamentos de literas para cuatro o cinco viajeros. Cuando el personal de limpieza llegó, nada les hacía presagiar que aquella mañana no iba a ser como las demás.

Fueron recorriendo los despachos siguiendo el monocorde ritual de cada día: abriendo ventanas, vaciando papeleras, limpiando el polvo e intentando poner algo de orden en aquella barahúnda de papeles que cubrían las mesas de los más desordenados.

Al llegar al vagón de tercera, grandilocuentemente conocido con servicio de contabilidad, se lo encontraron. Con la cabeza apoyada sobre la mesa, Manuel parecía dormido como tantas otras veces. Un insomnio caprichoso lo hacía, desde hace años, dirigirse a su trabajo antes que los demás. No era raro que las seis de la mañana lo encontraran en su puesto de trabajo. Leía los periódicos, si ese día el repartidor era más madrugador que él,  y en muchas ocasiones el sueño le vencía.

Aquella mañana las limpiadoras sonrieron al comprobar que el ruido del aspirador no lo había sobresaltado como de costumbre. Una de las pocas emociones que el día les deparaba, era observar la cara de susto con que aquel hombre salía de los brazos de Morfeo y si, esta vez, la profundidad del sueño había llegado al nivel de placidez que demostraban las manchas de saliva en la manga de su chaqueta. No hubo nada de eso.

Las mujeres se empezaron a preocupar cuando su proximidad no lograba, en lo más mínimo, alterarlo. Una de ellas carraspeó, le deseó buenos días, le palmeó el hombro pero no ocurría nada, los prudentes intentos se convirtieron en zarandeo pero el resultado fue el mismo. Mirándose agitadas, comprendieron que estaba muerto.

Cuarenta años en la empresa lo habían convertido en el aburrido ejemplo de empleado que ya no tiene nada que demostrar. Su vida laboral, de prometedores e ilusionados comienzos, se fue desacelerando al mismo ritmo que la empresa crecía. Lo que era una familia se convirtió en una maquinaria con grandes cifras de negocio, inversiones en el extranjero y muchos empleados, demasiados como para que, como entonces, alguien supiese sus nombres. Muchos de éstos correspondían a personas que padecían, como suyos, los reveses que el mercado de valores infligía a los propietarios. Cada vez que los medios de comunicación aplaudían la compra de una nueva empresa, una gran inversión o la apertura de nuevos oficinas aquí o allá, se alegraban como un éxito propio, sin darse cuenta que ese crecimiento los fagocitaba, convirtiéndolos en la infantería necesaria para ganar la guerra del mercado.

La empresa lo vio enamorarse, hacer el servicio militar, casarse con María y esperar, y esperar, la bendición de su primer hijo. Cuando la aceleración vital se modera y los días hay que disfrutarlos como vienen, sin aditivos, la monotonía le fue ganando el terreno. Las semanas las perdía siempre por cinco a dos, los meses los consumía esperando el pitido final y la derrota anual, once a uno, era aún más severa; poco bagaje para una vida.

Tras un no saber qué hacer y una llamada al teléfono de emergencia, la espera concluyó con la certificación, por el médico de guardia, del fatal desenlace. Mientras, el resto de los empleados, llegaban a la oficina para comprobar como otro aburrido día de trabajo se convertía en una negra anécdota en su vida laboral. Uno de los más veteranos, compañero de juventud de Manual, se encargaba de darle la luctuosa noticia a su viuda.

Un comentario recurrente hacía referencia a la buena salud de la que disfrutaba Manuel. Uno de sus más íntimos, incrédulo, argumentaba los envidiables resultados de su última revisión médica, para no explicarse lo sucedido. Sólo el espontáneo comentario de una de las más jóvenes secretarias, con contrato temporal y en la flor de la vida, rompió la letanía de elogios que se vertían sobre el difunto: ¡Se murió de aburrimiento!, afirmó.

Días más tarde, el resultado de la autopsia dictaminó muerte natural.

Suero Salino

Su primer día de trabajo había sido un calvario. La unidad de cuidados intensivos estaba a reventar y no había tenido mi un minuto de respiro en toda el turno. Samuel, uno de los más jóvenes pacientes de la unidad, había estado a punto de írseles varias veces a lo largo de la noche. Juan no quería que ocurriese de nuevo.

Con sus antecedentes profesionales, un fallecimiento tras una operación, aparentemente sencilla, podría causarle serias complicaciones.

Las horas previas al amanecer eran las peores: los pacientes se agitaban, el personal empezaba a sentir los efectos de la vigilia y la necesidad de descansar se volvía obsesión.

Minutos antes del cambio de turno, Juan se acercó a la cama del muchacho, su cara reflejaba un intenso dolor. El enfermero sabía perfectamente como hacer que aquel rictus se relajase. Mientras la aguja atravesaba la bolsa del suero, Juan comprendió que nuevas complicaciones estaban a punto de llegar.

Primavera

El claustro del antiguo monaterio benedictino se había ido llenando poco a poco. Casi media hora antes del comienzo del concierto ya sólo quedaban asientos en las zonas con visibilidad nula, la forma de aquel espectacular patio interior sólo permitía que unos pocos asistentes tuvieran visión directa de lo que pasaba en el escenario.
Mi mujer y yo no habíamos sido lo suficiente rápidos, así que nuestras expectativas pasaban por contemplar una las pétreas paredes durante la hora de duración estimada del espectáculo musical. Quedaban unos minutos para que comenzara el concierto y los fuimos consumiendo en consultar nuestros últimos whatsapps, leer la biografía de los actuantes y contemplar la amabilidad con la que unos acomodadores a tiempo parcial, el resto del tiempo lo dedicaban a montar y desmontar el escenario, indicaban a los menos madrugadores que ya no había mas sitio disponible. Al mismo tiempo, nuestros oídos fueron entrando en calor gracias a los lloros de un niño de no mas de dos años, demasiado joven para el rock and roll y también para la música clásica, y a los trinos de una familia de pequeños pájaros, demasiado pequeños como para no poder colarse por las redes dispuestas en el claustro para evitar su paso.
Los trinos de las aves cautivaron a la audiencia hasta que los aplausos de los pocos vidente nos indicaron que el acto estaba próximo a comenzar. Una pieza para piano, violín y viola arrancó las primeras muestras de admiración pero, sólo cuando la soprano local salió al escenario se pudo sentir la verdadera entrega del público asistente. La cantante empezó su actuación y sus notas más agudas sirvieron de estímulo para que el, hasta ese momento, respetuoso silencio guardado por los pájaros se rompiese. Al cabo de un buen rato de trinos compartidos, el público empezó a sentirse incómodo. Cuando la incomodidad se convirtió en murmullo ocurrió lo inevitable, los acomodadores transfigurados en Angeles del Infierno, aparecieron por una de las entradas laterales armados con sendas escopetas de cartucho. Un par de detonaciones, corregidas y aumentadas por los múltiples ecos del los vetustos muros, los consiguieron acallar. Tras el estupor inicial, la calma volvió al auditorio. Por fin, el repetido milagro de la primavera pudo continuar.

Rabat-Sale

Aquella mañana, el guía local hizo que volviéramos a las habitaciones a revisar nuestro aspecto de turistas. El itinerario previsto para ese día incluía algunas de las zonas más deprimidas del deprimido Rabat. Al dejar el coche en aquel sucio descampado, nos dimos cuentas que sus advertencias no eran ninguna broma. Tras un apresurado paseo por un paisaje en blanco y negro, difícil de describir, descubrimos, entre toda aquella mugre y aquel ácido cóctel de olores, como una aparición, la niña que en la imagen posa para nosotros. Su media sonrisa derrumbó, de un plumazo, nuestro occidental sistema de valores.